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26 de febrero de 2007

Siglo XXI



Vivimos rodeados de opulencia, de exceso, de cosas superfluas que no necesitamos, vivimos sumidos en un estado de conciencia comercial, de consumismo. Probablemente no nos demos cuenta, pero somos esclavos del mercado. Me parece genial que la libertad nos ofrezca un numero incontable de posibilidades, que no pasemos necesidades (claro que esto solo es aplicable al reducido primer mundo) y que vivamos mejor que nuestros padres y abuelos. Valoro la era de la información, Internet y sus posibilidades de comunicación, valoro los avances en medicina y en tecnología (si bien es cierto que los avances humanos creo que han sido bastante pobres en los últimos dos mil años). No es que quiera decir que haya que sumirse en un sistema social de igualdad de clases (al menos no en el sentido de "todos iguales, pero igual de pobres" típico de los sistemas comunistas de las posguerra y la guerra fría), ni en un sistema político autoritario donde un solo individuo, generalmente algo trasnochado (como mínimo), dirija a la mayoría de una forma, tarde o temprano, indeseable. Opino que la democracia, si no buena, es el sistema político menos malo. No es a eso a lo que me refiero, sino a la dependencia. Creo que somos dependientes de lo que tenemos. Hasta cierto punto eso es inevitable. Sobre todo en cuanto a necesidades básicas, pero después no nos conformamos con tener mas, al contrario, nos obsesionamos, nos hacemos dependientes.

En una ocasión escuche una entrevista en una televisión local de mi isla que me hizo reflexionar. Dicha cadena se desplazó a un pueblecito a hablar con una anciana que cumplía 100 años. Lo hacían a modo de homenaje, claro. En el transcurso de la entrevista el periodista preguntó una cosa y la respuesta de la ancianita fue demoledora. El periodista, conocedor de las privaciones de esa generación, le dijo a la anciana:

- Entonces Carmelina, ¿Se da cuenta de lo que han cambiado las cosas desde que era niña?
- Si mi niño, la verdad es que mucho, si.
- Todas las cosas que tenemos ahora, lo bien que vivimos.
- La vedad es que si, mi niño.
- Las enfermedades se curan, tenemos dinero, podemos ir a donde queramos. Vamos que no tenemos que trabajar de sol a sol para un mendrugo de pan.
- Eso era muy malo, es verdad. Ahora todo es más fácil mi niño.
- Seguro que está mejor ahora que antes - el periodista se aproxima a la bofetada conceptual - Somos más felices.
- No mi niño, eso no.
- ¿Como?
- Que no. Ahora vivimos mejor mi niño, tenemos mas cosas, pero no se confunda joven. Antes éramos más felices. Mucho más felices.

Las palabras de esa anciana siempre se me quedaran grabadas. Una persona que ha conocido los "dos mundos", que ha visto lo bueno y lo malo de cada uno, que ha pasado privaciones. Una persona sencilla dijo una de las verdades más impactantes de la actualidad. Vivimos mejor, sin duda, pero no somos más felices. Por supuesto hay excepciones, pero es así en general.

Recuerdo cuando era niño e íbamos de veraneo a la casa de mi abuela en el campo. No había ni luz, ni agua, ni teléfono... era todo muy sencillo pero fueron los mejores veranos de mi vida. Los de mi generación aun tenemos esa referencia, esa experiencia vivida (sobre todos los que nos criamos en sitios pequeños), pero los que nosotros traigamos al mundo carecerán de ella. Eso es muy triste.

Es una contradicción. Por ejemplo:

Yo digo todo esto y lo siento. Añoro el pasado, otras épocas mas sencillas, donde la escasez nos hacia ser mas felices. Teníamos mas tiempo par serlo. Pero al mismo tiempo valoro los avances en todos los sentidos de hoy. Que ya no te mueras de un montón de enfermedades y todo eso. No se, creo que se trata de un equilibrio. Vivir una época sin olvidarse de la otra. Recordando que no es feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. No dejando que el consumismo brutal de un capitalismo a gran escala, ni el control mundial de los mercados por unos pocos (curiosa globalización) se apodere de nuestra capacidad de selección, de nuestra libertad para decidir cuando, con que y donde podremos ser felices. No tenemos que tener menos, sino deshacernos de lo que no necesitemos...

Seria bueno reflexionar también sobre otra cosa también relacionada. Esta dualidad es muy interesante, pero no hay que olvidar que en la otra mitad del mundo están en el extremo opuesto y en parte por nuestra culpa. Ellos no solo no tienen nada que comer, no solo carecen de sanidad, de hogar, de propiedad, sino que están sumidos en un caos político bestial, que muchos hacen guerras con las armas que nosotros les vendemos, etc... Y a pesar de todo, cuando una cámara de un país desarrollado se acerca y les graba, cuando se sienten observados, cuando tienen un rato de sosiego, sonríen. ¿Se han fijado en las sonrisas de los que menos tienen y más sufren?. Hay algo en los más desgraciados que me hace tenerles envidia. Su felicidad, quizás por ser escasa, cuando aparece en forma de sonrisa en cualquier rostro, brilla de una forma muy especial. Los que vivimos rodeados de "avances", ya no sabemos reír así. Lo hemos olvidado quizás...

Deberíamos reflexionar sobre ello. Yo lo haré.

22 de febrero de 2007

Un pensamiento disperso

¿Quien ha dicho que la vida no duele? ¿Qué una lágrima nunca podrá quemar un rostro? ¿Qué las casualidades son catástrofes del destino?. ¿Quien ha dicho que a los muertos se les puede dar nombre, que se les puede llamar “daño colateral”?. ¿Quien le ha dado a el hombre el poder, el derecho inalienable sobre la vida?. ¿Quien lo ha nombrado juez y dios y demás títulos absurdos…?

Un indio cae abatido a golpes en alguna selva perdida de México, en algún rincón escuálido de Chiapas. Se escuchan risas sofocadas de triunfo. Huele a sudor blanco. ¿Qué voz extraña le ha dicho a un soldado que maltratar a un prisionero y humillarlo, sacarse fotos con él como si fuera un trofeo que llora y se orina de miedo, es de rango humano?. ¿Quien nos ha dado la batuta para regir el estómago suplicante de un famélico niño de África?. ¿Con que derecho lo degradamos a la enfermedad de su propia suerte?. ¿Por qué una nación concreta se cree que puede estar sobre las otras? ¿Por qué se erige salvadora del mundo?

Se escucha el sonido del viento en una tierra que se calienta sin pausa (huele a ozono, a CO2, a agua polar derretida), pero también algún llanto disuelto, perdido entre cientos de miles de rostros. Nadie hace nada. Nadie puede hacer nada. El poder es un puñado de dólares, euros, yenes… que más da el nombre. Alguien lo puso en nuestras manos para que nos condenásemos felices. Siempre ha sido así y parece que nada cambiará nunca.

Enciendo la tele. Noticias: odio, mentiras, muerte, guerras, más muertes, violencia, el hombre juega a ser dios, el hombre asesina a dios, mas muertes, sangre de niños inocentes arropadas por los satánicos cantos de las religiones, Dios se horroriza, se arrepiente de morir por todos nosotros, Ala, Buda, Yahvé, etc. se dan la vuelta para siempre. Pero la tele aun está encendida y escuchos los lejanos aullidos de una guerra, cualquier guerra donde los inocentes siempre mueren, donde solo cambian los rostros de los tiranos, donde una vida es igual a una bala. No puedo más y la apago. Pienso:

Un día todo cambiará. Ese día tiene que existir. Sonrío. Me encantaría creerlo, de verás. Pero no entiendo a esta humanidad forzada por el odio, a esta necesidad de etiquetar hasta el último tramo de tierra, de mar, de cielo, hasta el punto de morir por él, de matar por él, de envilecerse por él. ¿Alguien se ha asomado alguna vez a una noche estrellada?. ¿Se han dicho a si mismos que el universo tiene que estar rebosando de vida?. Eso poco importa. Es infinito… Somos tan insignificantes, tan ridículos, que si la tierra desaparece con todos a bordo, el universo sigue sonando igual de bien.

No vale la pena. Por favor no vale la pena ni matar, ni morir, ni ser hostil, ni creerse dios, ni amasar fortunas. No vale la pena porque a nadie le importa. Somos solo un eco profundo en el cosmos dispuesto a ser olvidado, a no dejar huella. Los gritos de seis mil millones de almas ultimando tratos con Caronte y su barca no se escucharan más allá de nuestra solitaria y minúscula tierra…

Ciertamente. No vale la pena.